Pasamos
por el espectacular palmerar de Tinerhir que se extiende por 20 km como
un ondulado río, las innumerables tiendas de fósiles marinos extraídos
de diferentes canteras y Erfoud, antesala de las dunas de Merzouga.
Se nos hizo tarde y empezó a anochecer; nos esperaban los dromedarios
para llevarnos a nuestra jaima y pasar la noche. Después de una hora
balanceándonos en el dromedario, subiendo y bajando las innumerables
dunas y contemplando el atardecer, divisamos un pequeño oasis con varias
exhuberantes palmeras y nuestra jaima, todo iluminado con los destellos
de varias hogueras. Un paisaje digno de las escenas de la Biblia.
Lahcen
y Mohamed nos prepararon un buenísimo tajine y se mostraron como
excelentes contadores de historias que en la noche del desierto,mientras
tomamos el te, suenan todavía más mágicas.
Pasamos
la noche en la arena contemplando la paz que se respira en este lugar,
hasta el amanecer, donde la dispersión fue total y cada uno se paseaba
por un rincón distinto, hipnotizados por el descubrimiento de las dunas
a la luz del día, las palmeras que arraigan sus raícen en un entorno
inhóspito, la familia nómada asentada en su jaima con el ganado cercado
en uno de sus laterales. Una postal.
Antes
de que apretase el calor y después de recoger los bártulos nos pusimos
en marcha, de vuelta al poblado, sintiendo el vértigo de ver a los dromedarios
andar por la fina línea que forman las dintintas montañas de arena.
