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Tras pasar por Ouarzazate, la llegada a la kasbah fue una bendición.
Por la noche ya había atisbado las formas de la construcción
en la que íbamos a vivir durante una semana. Se trata de una casa
típica reconstruida con el objetivo de fomentar y desarrollar actividades
e iniciativas de turismo alternativo. Un sitio acogedor, la típica
kasbah de la zona,construida en adobe, una joya recuperada de la arquitectura
local, con un patio descubierto, cocina, varios
servicios, duchas, siete amplias habitaciones decoradas artesanalmente
con techos de bambú y madera, paredes de adobe y todo tipo de detalles
y materiales del entorno berebere, consiguiendo una luz cálida
que nos recuerda que estamos en África. Un luminoso salón,
lugar de encuentro y comedor, y lo mejor, una balconada con unas vistas
impresionantes a la vega del río M´Goun. Recuerdo que pensé
la primera vez que me asomé al balcón que este paisaje no
se me olvidaría nunca: en medio de montañas pedregosas,
de lo más yermo que he visto en mi vida, antesala del desierto,
los bereberes habían erigido un vergel aprovechando
la existencia del río que crece considerablemente con los deshielos,
porque allí nieva y hace frío en los inviernos. Una auténtica
huerta ajardinada en medio de kasbahs semiderruidas, en perfecto mimetismo
con la roca que rodea el paraje, a15 minutos andando (cinco en coche)
de una población denominada El Kelaa M´Gouna, una pequeña
ciudad que cuenta con todos los servicios que un visitante pueda necesitar:
bancos, hospital, farmacias, supermercados... sobretodo terrazas donde
sentarse y contemplar el frenético movimiento comercial. Un día
a la semana se juntan artesanos, agricultores y ganaderos, formando un
poblado y multicolor mercado, donde no faltan los productos derivados
de las rosas, que le han dado fama internacional.

La
hospitalidad y la simpatía de los bereberes me dejó un tanto
aturdido: es fabuloso que allí por donde vas te saluden, o que
te regalen frutas, o que incluso se pongan a charlar contigo. He de decir,
llegados a este punto, que he tenido que hacer algún que otro esfuerzo
para que mi no demasiado extenso vocabulario francés no pareciera
chino. Me llegué a plantear si había hecho una gilipollez
abandonando su estudio años atrás, porque me sentía
mal cuando no comprendía alguna expresión concreta, sobre
todo.

(...) Nuestro primer paseo se produjo por los aledaños de la kasbah
y entre las huertas y el río. (...) Fotos por la zona y regreso
a casa de noche (entonces, era septiembre, anochecía bastante pronto,
hacia las ocho), nos dispusimos a cenar. Ciertamente, las comidas suelen
ser apetitosas, esa noche tocó un exquisito cuscus de cordero cocinado
en el horno de leña bereber; la cantidad, la justa (peso 110 kilos)
y también son frugales: ideales para conjugar con las excursiones
y paseos que son menester realizar por esta zona.
 
Tras
la cena, es tradicional una amplia sobremesa (depende
del sueño de los visitantes) con los responsables de la kasbah,
Lahcen y Mohamed. Merece la pena charlar en el salón pero, sobre
todo, si la noche acompaña, hacerlo en la balconada saboreando
un buen té a la menta, mirando las estrellas, (Itran, es estrella
en bereber) recibiendo la suave brisa que nos llega desde el Sahara. La
conversación y, por qué no, un poco de música bereber
a base de cánticos y timbales que Mohamed Tam Tam y Lahcen se encargan
de hacer sonar. El ambiente, realmente, se hace embriagador e invita a
participar... la situación ayuda a desinhibirse: risas, bromas,
reina el buen rollo por doquier.
  
Con
los responsables de la kasbah se puede hablar de cualquier tema, no hay
nada que sea tabú. Nos hablan de las costumbres de su pueblo, de
lo diferentes que son con respecto al Marruecos de las ciudades gobernadas
por los árabes, la problemática actual de las aldeas en
las que viven, los cambios con el nuevo rey, las reglas de solidaridad
entre las familias bereberes... mil cosas que, desde la distancia se pueden
haber intuido pero nunca habías tenido oportunidad de profundizar...
sólo estando allí.

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